Es salir del laburo, exhausto –con esas ganas de matar a alguien y sin soportar comentarios ajenos-, saludas a tus compañeros (solo eso, porque tus amigos son esos que te hacen reír fuera, en la calle, en tu casa, o a través del teléfono) y te metes dentro de tu citroen c3, azul marino, para ponerle play al stereo. Querías relajarte con urgencia porque lo necesitabas, por eso que mejor que escuchar a, tu amigo fiel, Coti que siempre tiene una estrofa, una canción o algún título que te define de la cabeza a los pies. Pusiste primera y te sucumbiste en la maldita General Paz, los autos colapsados por el tránsito y las cabezas que sobresalían de la ventanilla insultando al de adelante porque no avanzaba. ¿Nunca iban a entender que el culpable era el primero de la fila? Por eso prendías el aire, cerrabas las ventanillas, cerrabas un rato los ojos y ahí quedabas largos minutos escuchando a tu artista preferido y, de fondo, alguna que otra bocina que te irritaba, completamente. Ahí fue cuando sonreíste porque te acordabas en que día estabas.
Qué como hago para no extrañarte
No hago nada, nena, yo te extraño.
Despierto a las mañas buscando tu carne.
No hago nada, nena, yo te extraño.
Despierto a las mañas buscando tu carne.
Saludaste a Ezequiel, el portero de tu edificio, y subiste por el ascensor hasta el sexto ce. Vos lo habías elegido porque amabas la vista desde lo más alto. Aparte, estabas cerca de la terraza y te gustaba pasar tarde de mates acompañado o, si no, solo. Sacaste las llaves del bolsillo de tu saco negro, abriste la puerta y rico el aroma de ese departamento que tanta paz te daba cada día. Cerraste mientras, con un pie, te sacabas el zapato del otro, así andabas en medias y ¡qué lindo era andar descalzo por el piso plastificado! A pesar de ser un sofisticado abogado, eras bien casero y te encantaba estar en casa: era lo más, para vos. Te sacaste el saco y lo dejaste sobre el sofá blanco que compró tu mamá para colaborar un poquito en la vivienda de su único hijo. También te quitaste la camisa blanca y desabrochaste los botones del pantalón pinzado: querías descansar, vale aclarar. Abriste los ventanales que daban al balcón así dejabas que el sol de las cinco de la tarde, iluminara toda la casa para no gastar luz. Volviste a sonreír, por segunda vez en el día, porque te imaginaste otra escena y ¡como odiabas que el sol sea el ocasionarte de despertarte a la mañana cada vez que te corría las cortinas! Tenías en claro que, siempre, lo había hecho a propósito.
Que como hago para aguatarme
Por lo pronto, nena, yo te aclaro
No sería capaz de matarme
No, no.
Por lo pronto, nena, yo te aclaro
No sería capaz de matarme
No, no.
Calentaste leche, pero no al punto de hervirla, porque te enseñaron que eso ocasionaba que las vitaminas desaparezcan. Buscaste el cacao y el terrón de azúcar, amabas la leche chocolatada y, todavía, la seguías tomando en el desayuno y merienda. A veces se te escapaba un poquito después de la cena, y nunca tuviste problemas de huesos. Prendiste la única televisión dentro de esa casa (en el living, porque no te gustaba ver la tele en la habitación. Tenías entendido que la cama se utiliza para otras cosas) y te desplomaste sobre el sofá, con las piernas apoyadas en la mesita ratona, esa de madera con un vidrio donde posaban adornos y cuadros de fotos. Esa casa estaba llena de fotos y, claro, no es fácil convivir con alguien que estudia fotografía y saca fotos a cada suceso de su vida. Por eso, tu rostro, más tu sonrisa, estaban enmarcadas en todas las paredes. Es más, había un cuadro de mayor amplitud, con un fondo color verde esperanza, que mirabas a cada rato –específicamente, hace un año- cuando llegabas del laburo, cuando cenabas, cuando mirabas televisión, cuando hablabas por teléfono o cuando, simplemente, tenías ganas de mirarlo. Ahí también sonreíste.
Pero pienso, pienso, pienso
Pienso, pienso, pienso, pienso.
Pienso, pienso, pienso, pienso.
Cuando pispiaste el reloj pulsera, esbozaste un ¡Uh! porque se te habían escapado los minutos y no querías llegar tarde. Justo ese día, no. Caminaste a paso ligero hasta el cuarto, te sacaste el pantalón negro (sin antes sacarte el cinturón, del mismo color) y buscaste algo cómodo: un jean clarito, de esos rotos en las rodillas, y una remera azul. Claro, también las zapatillas blancas –mucho más confortables que esos zapatos que odiabas- la billetera –aunque no sabes para qué- los anteojos –por si las dudas- el celular –porque ibas a recibir muchas llamadas, aunque lo ibas a pagar- y nada más. Cerraste todo y sí, a las seis y veinticinco ya estabas bajando, nuevamente, por el ascensor. Otra vez saludaste a Eze –que te salvó de varias en otros tiempos, admitilo- y volviste a tu auto –compartido- para volver a prender el stereo y escuchar más música. Pasaste por un kiosquito para comprar chocolate: porque te/le encantaba y volviste a poner primera para comenzar a cantar dentro del vehículo. La ropa te hacía dos personalidades: una, la del abogado respetuoso que, lo que quiere conseguir, es ganar su juicio y ganar su dinero correspondiente; la otra, el pibe que le gusta andar descalzo por la casa, cocina para dos, ríe para dos y abraza para dos. Vivías para dos.
Cuando estabas llegando a tu punto –ibas puntual, ibas tranquilo- y la cabeza te comenzó a maquinar. Pero a maquinar para bien, aunque también para mal –decilo, decilo-. Hacía un año se despidió de vos por trabajo, como contamos antes: la fotografía y la que te re mil parió. Hacía un año que no la veías y comenzabas a imaginártela. ¿Se habría cortado el pelo? ¿Habría crecido algún centímetro más? ¿Cómo le asentarían los veinticuatro años –vos tenías uno más, siempre-? Te había contado, por teléfono, que se animó a cortarse el pelo ¿Le quedaría bien? Pero no podías: te la imaginabas igual que siempre, como la conociste a los diecinueve. Pero ¡vamos, querido! a mamá mona con banana verde, no. También deci que te la imaginaste caminando de la mano con otro que no eras vos, que dejaba besos en bocas ajenas y abrazaba otros cuerpos que no eran los tuyos. Moviste la cabeza de un lado al otro y, tarde, tuviste que dejar la imaginación para otro momento porque habías llegado.
Odiabas que se llenara de gente y no pudieras distinguir ni si lo que venía a lo lejos era una persona mayor o un pibe de quince años. Te quedaste quieto en un lugar mientras todos te llevaban por delante con sus bolsos y maletas. Llevaste los brazos a la cintura, sosteniéndotela por si se te desviaba, y mirabas cada rincón para ver si distinguías algo o, mejor dicho, alguien. Claro que sonreís como taradoqueacabaderecibirunsídelachicamáspopulardelcolegio cuando la viste sobre una silla –esas donde la gente espera su vuelo o, al contrario, espera a que llegue uno de sus familiares. Te reíste porque no podía ser tan chiquita. Levantaste una mano y la agitaste para lograr que te vea, cinco minutos después, ella también la agitaba y distinguías sus dientes blancos. Se bajó y fue en tu búsqueda. Ahí la viste que se aproximaba con su bolso de mano, negro, más su valija con rueditas. Te tuvo enfrente y, fueron segundos los que pasaron, cuando enrolló sus piernas en tu cintura y te abrazó con ganas, con fuerza, con necesidad de que hace un año no se veían y se extrañaban. Obviamente que la apartaste, milímetros de tu cuerpo, para sostenerla de las mejillas y besarse, besarse bien: a boca abierta, volviendo a probar esos labios que hacía un año no tocabas, con sonrisas y te extrañes de por medio.
-Me quiero imaginar que la casa está en orden ¿no? –te consultó cuando, con una mano te sostenía a vos y, vos intentabas, con la otra, agarrar su valijas, con rueditas (la que había caído tras el envión que tomo cuando corrió a vos)
-Obvio –ironizaste con cara, gestos y palabras. Se rió de y con vos- y no sabes cómo está de planchadita la cama –indicio de que hacía un año no la veías, que hacía un año la extrañabas y, hacía un año, no le hacías el amor. Se amoldó a tu cintura y salieron de allí para meterse dentro del auto (léase: te halagó por mantenerlo en tan bien cuidado, porque era de ella y, antes de partir, te pidió que lo cuidaras como si fuera el hijo que estaban buscando). Ya la tenías con vos, ya era tuya, otra vez, ¿qué mejor que una bienvenida bien merecida de tu parte? Aclaro: no vale contar lo que ideaste en el camino hacia el aeropuerto, ni tampoco se va a decir lo que pasó después de haber cerrado la puerta, del sexto ce, con llave y pasador –sí, tenían pasador-. Eso queda en tu imaginación.
Pienso en el momento
De comer tu boca
Y todo este tiempo
Esta espera me parece poca.
De comer tu boca
Y todo este tiempo
Esta espera me parece poca.
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