Hello Cold World

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miércoles, 8 de febrero de 2012

Imaginacion


Es salir del laburo, exhausto –con esas ganas de matar a alguien y sin soportar comentarios ajenos-, saludas a tus compañeros (solo eso, porque tus amigos son esos que te hacen reír fuera, en la calle, en tu casa, o a través del teléfono) y te metes dentro de tu citroen c3, azul marino, para ponerle play al stereo. Querías relajarte con urgencia porque lo necesitabas, por eso que mejor que escuchar a, tu amigo fiel, Coti que siempre tiene una estrofa, una canción o algún título que te define de la cabeza a los pies. Pusiste primera y te sucumbiste en la maldita General Paz, los autos colapsados por el tránsito y las cabezas que sobresalían de la ventanilla insultando al de adelante porque no avanzaba. ¿Nunca iban a entender que el culpable era el primero de la fila? Por eso prendías el aire, cerrabas las ventanillas, cerrabas un rato los ojos y ahí quedabas largos minutos escuchando a tu artista preferido y, de fondo, alguna que otra bocina que te irritaba, completamente. Ahí fue cuando sonreíste porque te acordabas en que día estabas.


Qué como hago para no extrañarte
No hago nada, nena, yo te extraño.
Despierto a las mañas buscando tu carne.


Saludaste a Ezequiel, el portero de tu edificio, y subiste por el ascensor hasta el sexto ce. Vos lo habías elegido porque amabas la vista desde lo más alto. Aparte, estabas cerca de la terraza y te gustaba pasar tarde de mates acompañado o, si no, solo. Sacaste las llaves del bolsillo de tu saco negro, abriste la puerta y rico el aroma de ese departamento que tanta paz te daba cada día. Cerraste mientras, con un pie, te sacabas el zapato del otro, así andabas en medias y ¡qué lindo era andar descalzo por el piso plastificado! A pesar de ser un sofisticado abogado, eras bien casero y te encantaba estar en casa: era lo más, para vos. Te sacaste el saco y lo dejaste sobre el sofá blanco que compró tu mamá para colaborar un poquito en la vivienda de su único hijo. También te quitaste la camisa blanca y desabrochaste los botones del pantalón pinzado: querías descansar, vale aclarar. Abriste los ventanales que daban al balcón así dejabas que el sol de las cinco de la tarde, iluminara toda la casa para no gastar luz. Volviste a sonreír, por segunda vez en el día, porque te imaginaste otra escena y ¡como odiabas que el sol sea el ocasionarte de despertarte a la mañana cada vez que te corría las cortinas! Tenías en claro que, siempre, lo había hecho a propósito.

Que como hago para aguatarme
Por lo pronto, nena, yo te aclaro
No sería capaz de matarme
No, no.


Calentaste leche, pero no al punto de hervirla, porque te enseñaron que eso ocasionaba que las vitaminas desaparezcan. Buscaste el cacao y el terrón de azúcar, amabas la leche chocolatada y, todavía, la seguías tomando en el desayuno y merienda. A veces se te escapaba un poquito después de la cena, y nunca tuviste problemas de huesos. Prendiste la única televisión dentro de esa casa (en el living, porque no te gustaba ver la tele en la habitación. Tenías entendido que la cama se utiliza para otras cosas) y te desplomaste sobre el sofá, con las piernas apoyadas en la mesita ratona, esa de madera con un vidrio donde posaban adornos y cuadros de fotos. Esa casa estaba llena de fotos y, claro, no es fácil convivir con alguien que estudia fotografía y saca fotos a cada suceso de su vida. Por eso, tu rostro, más tu sonrisa, estaban enmarcadas en todas las paredes. Es más, había un cuadro de mayor amplitud, con un fondo color verde esperanza, que mirabas a cada rato –específicamente, hace un año- cuando llegabas del laburo, cuando cenabas, cuando mirabas televisión, cuando hablabas por teléfono o cuando, simplemente, tenías ganas de mirarlo. Ahí también sonreíste.

Pero pienso, pienso, pienso
Pienso, pienso, pienso, pienso.


Cuando pispiaste el reloj pulsera, esbozaste un ¡Uh! porque se te habían escapado los minutos y no querías llegar tarde. Justo ese día, no. Caminaste a paso ligero hasta el cuarto, te sacaste el pantalón negro (sin antes sacarte el cinturón, del mismo color) y buscaste algo cómodo: un jean clarito, de esos rotos en las rodillas, y una remera azul. Claro, también las zapatillas blancas –mucho más confortables que esos zapatos que odiabas- la billetera –aunque no sabes para qué- los anteojos –por si las dudas- el celular –porque ibas a recibir muchas llamadas, aunque lo ibas a pagar- y nada más. Cerraste todo y sí, a las seis y veinticinco ya estabas bajando, nuevamente, por el ascensor. Otra vez saludaste a Eze –que te salvó de varias en otros tiempos, admitilo- y volviste a tu auto –compartido- para volver a prender el stereo y escuchar más música. Pasaste por un kiosquito para comprar chocolate: porque te/le encantaba y volviste a poner primera para comenzar a cantar dentro del vehículo. La ropa te hacía dos personalidades: una, la del abogado respetuoso que, lo que quiere conseguir, es ganar su juicio y ganar su dinero correspondiente; la otra, el pibe que le gusta andar descalzo por la casa, cocina para dos, ríe para dos y abraza para dos. Vivías para dos.

Cuando estabas llegando a tu punto –ibas puntual, ibas tranquilo- y la cabeza te comenzó a maquinar. Pero a maquinar para bien, aunque también para mal –decilo, decilo-. Hacía un año se despidió de vos por trabajo, como contamos antes: la fotografía y la que te re mil parió. Hacía un año que no la veías y comenzabas a imaginártela. ¿Se habría cortado el pelo? ¿Habría crecido algún centímetro más? ¿Cómo le asentarían los veinticuatro años –vos tenías uno más, siempre-? Te había contado, por teléfono, que se animó a cortarse el pelo ¿Le quedaría bien? Pero no podías: te la imaginabas igual que siempre, como la conociste a los diecinueve. Pero ¡vamos, querido! a mamá mona con banana verde, no. También deci que te la imaginaste caminando de la mano con otro que no eras vos, que dejaba besos en bocas ajenas y abrazaba otros cuerpos que no eran los tuyos. Moviste la cabeza de un lado al otro y, tarde, tuviste que dejar la imaginación para otro momento porque habías llegado.

Odiabas que se llenara de gente y no pudieras distinguir ni si lo que venía a lo lejos era una persona mayor o un pibe de quince años. Te quedaste quieto en un lugar mientras todos te llevaban por delante con sus bolsos y maletas. Llevaste los brazos a la cintura, sosteniéndotela por si se te desviaba, y mirabas cada rincón para ver si distinguías algo o, mejor dicho, alguien. Claro que sonreís como taradoqueacabaderecibirunsídelachicamáspopulardelcolegio cuando la viste sobre una silla –esas donde la gente espera su vuelo o, al contrario, espera a que llegue uno de sus familiares. Te reíste porque no podía ser tan chiquita. Levantaste una mano y la agitaste para lograr que te vea, cinco minutos después, ella también la agitaba y distinguías sus dientes blancos. Se bajó y fue en tu búsqueda. Ahí la viste que se aproximaba con su bolso de mano, negro, más su valija con rueditas. Te tuvo enfrente y, fueron segundos los que pasaron, cuando enrolló sus piernas en tu cintura y te abrazó con ganas, con fuerza, con necesidad de que hace un año no se veían y se extrañaban. Obviamente que la apartaste, milímetros de tu cuerpo, para sostenerla de las mejillas y besarse, besarse bien: a boca abierta, volviendo a probar esos labios que hacía un año no tocabas, con sonrisas y te extrañes de por medio.

-Me quiero imaginar que la casa está en orden ¿no? –te consultó cuando, con una mano te sostenía a vos y, vos intentabas, con la otra, agarrar su valijas, con rueditas (la que había caído tras el envión que tomo cuando corrió a vos)

-Obvio –ironizaste con cara, gestos y palabras. Se rió de y con vos- y no sabes cómo está de planchadita la cama –indicio de que hacía un año no la veías, que hacía un año la extrañabas y, hacía un año, no le hacías el amor. Se amoldó a tu cintura y salieron de allí para meterse dentro del auto (léase: te halagó por mantenerlo en tan bien cuidado, porque era de ella y, antes de partir, te pidió que lo cuidaras como si fuera el hijo que estaban buscando). Ya la tenías con vos, ya era tuya, otra vez, ¿qué mejor que una bienvenida bien merecida de tu parte? Aclaro: no vale contar lo que ideaste en el camino hacia el aeropuerto, ni tampoco se va a decir lo que pasó después de haber cerrado la puerta, del sexto ce, con llave y pasador –sí, tenían pasador-. Eso queda en tu imaginación.


Pienso en el momento
De comer tu boca
Y todo este tiempo
Esta espera me parece poca.

lunes, 6 de febrero de 2012

Ella y Él


Naciste un veintiocho de febrero de milnuevenoventaytres
suerte que no te tocó el veintinueve si no cumplirías cada cuatro
años, y que lindo sería eso, pero imposible-. A penas llegaste al
mundo, tenías dos padres que te amarían y dos hermanos, mayores, que te
acompañarían siempre. De chiquita eras gordita y linda. Tenías una
sonrisa preciosa y una piel blanca que resaltaba con tu pelo morocho.
Ojos marrones, obvio. Cuando cumpliste el año, ya hablabas. Pero
hablabas enserio. A los dos caminabas por toda la casa y hacías
preguntas a cada mayor que se te acercara. A los tres comenzaste el
jardín de infantes –ese que estaba al lado de tu casa- y lloraste
porque no querías separarte de los brazos de tu mamá. Fue la abuela de
un nuevo compañerito quien te persuadió con caramelos y te quedaste lo
más campante con los palitos de la selva. Desde ese día empezaste a
conocer gente de tu misma estatura, que hablaban como vos y podías
compartir juegos sin dificultad alguna. Desde los tres años que ibas
escoltada con tu primer amiguita, esa que te sigue escuchando, siempre.
Primer grado fue un karma: empezabas a estudiar, pero poquito. En
segundo, aunque nunca te enteraste, ya tenías a otra persona a quien
amar –aparte de tus viejos, tus hermanos y amigos nuevos-.

Vos naciste un veinticuatro de octubre de milnuevenoventaydos.
El barrio de Villa Pueyrredón estaba de fiesta para ese mes –más que
nada todos los que te rodeaban, vale aclarar-. Cuando conociste la luz,
tenías a tus dos viejos observándote embobados más una nenita de dos
años que se ganaría el papel de hermana mayor. Fuiste, sos y serás
rubio. Marca registrada. Los ojos claros te empezaron a aparecer con el
tiempo y ¡qué lindo que eras! –que sos, también-. Empezaste a hablar al
año y medio, pero casi nada. Te definías por ser un chico tímido,
aunque a la hora del bardo, estabas siempre presente. Y sí, eras
hombre. El jardín lo comenzaste de la misma manera: llorando. A vos
solo te gustaba jugar con la pelota en tu casa, con los camiones
cargueros que juntaban la tierra del jardín y ensuciaban el living El colegio no te interesaba. Pero fuiste igual, era parte de tu obligación. En primero y segundo grado te agarró una desesperación: cuadernos, libros, lapiceras, pizarrón
grande, una maestra con delantal blanco dándote órdenes y ya no te
gustaba nada. Cuando pasaste a tercero, te quisieron cambiar de
colegio. ¿A dónde fuiste a parar? A Bazurco, misma cuadra dónde estabas
laotravos y dónde pensabas anotarte. Eras tan chico y ya tenías indicado tu destino en un aula vecina.

Ella es de la Habana, él de Nueva York
Ella baila en Tropicana, a él le gusta el rock.
Ella vende besos en un burdel
Mientras él se gradúa en U. c. i. a.

 
Él día que te enteraste que debías mudarte de barrio, tenías nueve años y mucho no te gustaba la idea. No te quedaba otra. La vida era así. Te despediste de tus amiguitos y a muchos de ellos le dolió aquello -. Villa Urquiza, un departamento y la separación de tus viejos lo llevabas dentro del bolso de viaje. Nuevo colegio, nuevos amigos, nuevos profesores y que difícil se te hacía todo. Eso sí, danza no dejabas ni loca -¿nunca aclaramos que bailabas desde los cuatro años? Bueno, lo decimos ahora: danzabas desde que tenés uso de razón-. Para todos tus cumpleaños, invitabas a tus nuevas amigas y a esa viejita que te había quedado del ex colegio. Ella siempre iba, claramente. Se quedaba a dormir y la pasaban bomba juntas.

Cuando vos decías que odiabas estudiar, era posta. Lo tuyo estaba en el club con tus amigos de siempre, juntarte con tu primo y hablar de chicas. Hacerla gritar a tu hermana y te morías de risa con sus gritos histéricos cuando llamaba a tu mamá para que la defendiera. Tu cara de santo ganaba por goleada. Siempre te gustó el boxeo. Mirabas, desde chico, algún que otro encuentro por la televisión haciéndole compañía a tu viejo. También le gustaba. De tal palo, tal astilla ¿no?. Amabas la idea de usar guantes y golpear –no eras asesino- porque era una buena manera de descargar.

Ella y él. Segundo y tercer grado. La danza y el boxeo.

Ella es medio marxista, él es republicano
Ella quiere ser artista, él odia a los cubanos
Él cree en la estatua de la libertad
Y ella en la vieja habana de la soledad.



-¿Cómo estás? –Febrero y estabas pisando la casa de tu mejor amiga. Te invitaba a cenar a la casa de sus abuelos con toda la familia. Siempre fuiste parte de ella.

-Bien ¿vos? –un beso en la mejilla y entrar. Saludaste a cada uno y todos te preguntaban sobre tu estado. La típica pregunta. Te sentaste en una silla al lado de tu amiga y chau, empezaron a hablar.- ¿ya tenes vista la secundaria a dónde vas a ir? –porque habían terminado séptimo en distintos colegios y ahora comenzaba otra etapa en sus vidas.

-Sí, el nuevo. Éste que queda acá a cuatro cuadras –te señaló con la mano como si el establecimiento estuviera ahí dentro.

-Me estas jodiendo –y te miro porque mandaste una expresión de aquellas- mi mamá también me anotó ahí.

-No ¿enserio? –y una sonrisa que era para una fotografía- ¡mamá! Carla también se anotó en la misma secundaria.

Ahora sí. Te llamas Carla, pero te gusta más tu segundo nombre. Por eso vamos a decirte Daniela. El primer día de secundaria, estabas en la esquina del colegio junto a tu mamá. Allá a lo lejos viste aparecer a tu amiga junto a su madre y la saludaste para que te distinguiera entre tantos chicos. Ahí se quedaron las dos juntas y no se separaron ni por casualidad. Eligieron uno de los cursos y así empezaban esa etapa. Primero, segundo, tercero, cuarto y hagamos un stop acá. En cuarto año algo pasó que te cambió la historia. Digamos que desde antes de empezar cuarto, arrancaste meses atrás con el corazón palpitándote a mil por hora. Pero ojo, no era amor. O al menos no lo sentías así.

A vos, a vos te dicen Maxi. Tu hermana se llama Paula y que importa el resto. La cosa es que empezaste la secundaria pero con el tiempo la dejaste. Ojo, la dejaste pero tenías a tu profesora particular que iba a tu casa. Estabas como eximido del colegio, pero no del estudio. No te gustaba pero sabías que era por un bien tuyo. A los dieciseis la cosa cambio. Cambió para bien, obvio. A través de una amiga –mejor- conociste a otra chica. A elotrovos de ésta historia. Esa chica hizo estragos tu corazón –y que cursi que estamos- y siempre –pero siempre- te gustó. Su simpatía, su manera de reírse. Sus quejas, sus enojos, , su pasión. Listo. Te enamoraste.

Ella y él. Amigos en común. Secundaria. Nueva etapa.

Él ha comido hamburguesas, ella moros con cristianos
Él, el champagne con sus fresas, ella un mojito cubano
Ella se fue de gira a Yucatán, y el de vacaciones al mismo lugar.


Pensabas que no lo querías, pero a él le encantaba mandarte mensajes y expresar todo lo que sentía. Porque él sí moría por vos. Pero vos no sabías si morías por él. Todo era cuestión del tiempo. Las agujas del reloj y el calendario iban a decidir por vos. Pero claro, después la cosa se volvió tensa y la que apuraba los trámites eras vos. Porque te empezaron a gustar la llegada de mensajes, las llamadas, las charlas y los piropos. Porque empezaste a hacerle cartelitos –en horas de escuela- con un te quiero que con el tiempo se convirtió en te amo. Porque cuando se dieron su primer beso, y después de algunos días, te diste cuenta lo que estaba ocurriendo en tu cuerpo, internamente.

Ahí te percataste que el destino no los jugo en contra, si no que pateaban para el mismo lado. Y te la bancaste, te la bancaste. Porque que él te visite a diario era hermoso. Que te busque la sonrisa cuando estaba enterrada diez metros bajo tierra, te encantaba. Que te haga reír era cosa de todos los días y amabas eso, esa simpatía. Pero ¡qué buena persona que es! Ahí el punto clave que te fascinó.

Mulata hasta los pies, él rubio como el sol
Ella no habla inglés y él, menos, español
Él fue a tomar un trago, sin sospechar,
Que iba a encontrar el amor en aquel lugar.
 
Vos también la amabas cada día más. A pesar de sus berrinches, de sus histerias, odiabas que te pueda tanto y abrirle, de igual manera, la puerta de tu casa aunque hacía cinco minutos te estaba pegando el grito en el cielo por alguna estupidez. Pero era tan divertido verla enojada que a vos te daban ganas de besarla hasta la saciedad. Pero claro, cuando ves todo color de rosa, llega una bomba que hace que el balde explote y la pintura se desparrame por todos lados ocasionando un caos. Tenías que irte del país y ella debía saberlo. Fuiste a la primera que se lo contaste y la que te puchereó para que flaquees y no agarres ese avión. No podías, tenías gente que te esperaba en España. Ojo, a vos eso no te interesaba. También querías quedarte con ella, pero era una obligación a cumplir.

El día de la despedida –después de su cumpleaños número diecisiete- lloraste y empapaste varios pañuelos. Él te prometió que sería por poco tiempo, pero un año, para vos, no era poco tiempo. Pero como las agujas y el calendario jugó a favor de los dos a la hora de formalizar, también podía jugar a favor a la hora del reencuentro. Y ahora ya tenes, vos, los diecisiete –cumplidos el veintiochodefebrero- y lo seguís esperando con ansias. Seguís sosteniendo el anillo de compromiso sobre tu mano derecha y te seguís comunicando vía chat, teléfono y mediante los sueños. Porque ahí, ese día, te diste cuenta lo que valía para vos. La clase de persona que tuviste tanto tiempo. Por eso también prometiste no hacer otra cosa que extrañarlo. Le eras fiel y lo amabas a la distancia. Su amor traspasaba la frontera y que lindo va a ser el día en que te toquen timbre, bajes por el ascensor y, al abrir la puerta, se te dibuje una sonrisa enorme y lo veas a él otra vez abrazándote como la primera vez.
 
 
Ella y él. Destino. Amor.
Ahora viven en París, buscaron tierra neutral
Ella logró ser actriz, él es un tipo normal
Caminan de la mano, campos, calles, elíseos
Como quien se burla del planeta y sus vicios.